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(Fragmento)
Sobre una mesa de pintado pino melancólica luz lanza un quinqué, y un cuarto ni lujoso ni mezquino, a su reflejo pálido se ve: suenan las doce en el reloj vecino y el libro cierra que anhelante lee un hombre ya caduco, y cuenta atento del cansado reloj el golpe lento.
Carga después sobre la diestra mano la ya rugosa y abrumada frente, y un pensamiento fúnebre, tirano, fija y domina, al parecer, su mente: borrarlo intenta en su ansiedad en vano; vuelve a leer, y en tanto que obediente, se somete su vista a su porfía, lánzase a otra región su fantasía.
«¡Todo es mentira y vanidad, locura!» con sonrisa sarcástica exclamó, y en la silla tomando otra postura, de golpe el libro y con desdén cerró: lóbrega tempestad su frente oscura en remolinos densos anubló, y los áridos ojos quemó luego una sangrienta lágrima de fuego.
«¡¡Ay!!, para siempre –dijo- la ufanía pasó ya de la hermosa juventud, la música del alma y melodía, los sueños de entusiasmo y de virtud...! Pasaron, ¡ay!, las horas de alegría, y abre su seno hambriento el ataúd, y único porvenir, sola esperanza, la muerte, a pasos de gigante avanza.
»¿Qué es el hombre? Un misterio. ¿Qué es la vida? ¡Un misterio también...! Corren los años su rápida carrera, y escondida la vejez llega envuelta en sus engaños: vano es llorar la juventud perdida, vano buscar remedio a nuestros daños; un sueño es lo presente de un momento, ¡muerte es el porvenir; lo que fue, un cuento...!
»Los siglos a los siglos se atropellan, los hombres a los hombres se suceden, en la vejez sus cálculos se estrellan, su pompa y glorias a la muerte ceden: la luz que sus espíritus destellan muere en la niebla que vencer no pueden, ¡Y es la historia del hombre y su locura una estrecha y hedionda sepultura!
»¡¡Oh!, si el hombre tal vez lograr pudiera ser para siempre joven e inmortal, y de la vida el sol le sonriera, eterno de la vida el manantial! ¡¡Oh!, cómo entonces venturoso fuera, roto un cristal, alzarse otro cristal de ilusiones sin fin, contemplaría; claro y eterno sol de un bello día...!
»Necio, dirán, tu espíritu altanero. ¿Dónde te arrastra, que insensato quiere en un mundo infeliz, perecedero, vivir eterno mientras todo muere? ¿Qué hay inmortal, ni aun firme y duradero? ¿Qué hay que la edad con su rigor no altere? ¿No lo ves que todo es humo, y polvo y viento? ¡Loco es tu afán, inútil tu lamento...!»
Todos más de una vez hemos pensado, como el honrado viejo en este punto; y mucho nuestros frailes han hablado, y Séneca y Platón sobre el asunto: yo, por no ser prolijo ni cansado, (que ya impaciente a mi lector barrunto) diré que al cabo, de pensar rendido, tendiose el viejo y se quedó dormido.
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